Canadá abre la puerta a los coches eléctricos fabricados en China

BYD

No era algo que muchos vieran venir tan pronto. Canadá llevaba años alineado con Estados Unidos en su forma de proteger la industria del automóvil, levantando barreras frente a la entrada de coches eléctricos fabricados en China. Por eso, el cambio reciente ha sorprendido.

Sin hacer demasiado ruido, el país ha empezado a permitir la entrada de estos vehículos. No es una apertura total, ni mucho menos, pero sí suficiente como para que el mercado empiece a notar el cambio. Y cuando se trata del automóvil, los cambios nunca son pequeños.

A primera vista, la decisión tiene sentido. Los coches eléctricos siguen siendo caros para una parte importante de la población, y los fabricantes chinos han demostrado que pueden ofrecer alternativas más asequibles. Para muchas familias, eso puede marcar la diferencia entre poder dar el salto a un coche eléctrico o seguir dependiendo de un vehículo tradicional. En ese sentido, la medida puede acelerar una transición que, de otro modo, iría más lenta.

Pero detrás de esa lógica hay otra realidad menos cómoda. Canadá no tiene una industria del automóvil aislada. Está profundamente conectada con la de Estados Unidos. Durante décadas han construido algo conjunto, una red de fábricas, proveedores y empleos que dependen unos de otros. Muchos de los coches que circulan por Canadá no se fabrican allí, sino al otro lado de la frontera. Y muchas piezas cruzan esa frontera varias veces antes de convertirse en un vehículo terminado.

Cuando entran coches más baratos desde fuera, esa cadena empieza a tensarse.

No se nota de un día para otro. No hay un impacto inmediato que lo cambie todo. Pero poco a poco puede empezar a sentirse. Menos ventas para los fabricantes locales. Más presión para reducir costes. Decisiones difíciles en fábricas que llevan décadas funcionando. Y, en el fondo, una pregunta que empieza a aparecer: qué parte de esa industria se puede mantener y cuál no.

Para Estados Unidos, esto tampoco es un asunto menor. Mientras Canadá da este paso, su vecino mantiene una postura mucho más dura frente a los coches chinos. Esa diferencia abre una pequeña grieta en una estrategia que hasta ahora había sido bastante común. Y cuando se rompe esa alineación, surgen dudas. Sobre el comercio, sobre la competencia y sobre hasta qué punto ambos países pueden seguir avanzando en la misma dirección.

Canadá, en el fondo, está intentando encontrar un equilibrio. Quiere que el coche eléctrico sea más accesible, pero sin debilitar demasiado su propia industria. Quiere abrirse, pero sin perder el control. El problema es que ese equilibrio es difícil de mantener cuando la diferencia de costes es tan grande y cuando el mercado empieza a moverse.

Lo que hoy parece una decisión medida puede tener consecuencias más profundas con el tiempo. Porque esto no va solo de coches. Va de empleo, de industria y de la relación entre dos países que llevan décadas funcionando casi como un solo bloque en este sector.

Puede que dentro de unos años se vea esta decisión como un paso necesario hacia un mercado más abierto y una movilidad más accesible. O puede que se vea como el inicio de un cambio más duro para la industria local.

De momento, lo único claro es que Canadá ha abierto una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada. Y una vez que una puerta así se abre, es difícil volver a cerrarla.

LUIKE/ELCIRCUITO 
Toñejo Rodriguez