El FBI deja sus míticos Chevrolet Suburban y empieza a comprar BMW
La decisión del FBI de incorporar BMW para algunas de sus misiones de protección ha reabierto un debate que va mucho más allá de la simple elección de vehículos. Antes fueron las Harley-Davidson; ahora les toca a las imponentes Chevrolet Suburban. ¿Es simplemente la evolución lógica de la tecnología o estamos asistiendo, poco a poco, al adiós de algunos de los grandes símbolos del automóvil americano?
Seguramente los nuevos vehículos sean mejores. Es posible que sean más rápidos, más seguros, más eficientes y estén mejor preparados para afrontar las exigencias de un servicio tan delicado como el de proteger a las personas más importantes de Estados Unidos. No seré yo quien discuta el trabajo de los ingenieros ni las decisiones de quienes tienen la responsabilidad de elegir lo mejor.
Pero hay algo que las fichas técnicas nunca podrán medir.
Las emociones.
Porque hay coches y motos que dejan de ser simples máquinas para convertirse en parte de la historia de un país. Forman parte de nuestra memoria aunque nunca hayamos tenido uno. Basta ver una inmensa Chevrolet Suburban negra o escuchar el sonido grave de una Harley-Davidson para saber, sin necesidad de leer ningún escudo, que estamos viendo un pedazo de América.
Quizá por eso esta noticia me produce una cierta nostalgia.
Siempre me han fascinado esos enormes todoterrenos americanos. No por su consumo ni por sus dimensiones descomunales. Me gustan porque representan una manera de entender el automóvil que hoy parece casi irrepetible. Son vehículos hechos para recorrer miles de kilómetros sin prisas, para cargar a toda la familia, las maletas, las bicicletas, una nevera portátil y todavía preguntarte si queda algo por meter. En ellos siempre parecía sobrar sitio, como si fueran un reflejo de un país inmenso donde las distancias no se miden igual que en Europa.
Aquí aprendimos a conducir coches más pequeños porque nuestras ciudades también lo son. Allí construyeron coches enormes porque también eran enormes sus carreteras, sus paisajes y su forma de vivir.
No se trata de decidir qué filosofía es mejor. Son dos maneras diferentes de entender el automóvil.
Pero reconozco que me cuesta imaginar una caravana oficial del FBI sin aquellas gigantescas Suburban imponiendo respeto antes incluso de detenerse. Igual que todavía me sorprende ver a tantos policías americanos patrullando sobre motocicletas BMW en lugar de aquellas Harley-Davidson que durante décadas parecían inseparables del uniforme.
Los tiempos cambian. Es inevitable. Las marcas evolucionan, la tecnología avanza y las necesidades también. Quizá dentro de unos años nadie recuerde este cambio porque habrá otros vehículos todavía mejores.
Sin embargo, hay cosas que no deberían perderse nunca.
Los símbolos también cuentan la historia de un país.
Y para muchos aficionados al automóvil, aquellas enormes Suburban y aquellas Harley-Davidson no eran simplemente medios de transporte. Eran parte del paisaje americano, parte de su personalidad y, en cierto modo, parte de su alma.
Quizá sea sólo una sensación. Quizá sea romanticismo. O quizá sea que algunos seguimos creyendo que hay vehículos que consiguen algo que ninguna tecnología podrá fabricar jamás: emocionar.
LUIKE/EL CIRCUITO
Toñejo Rodriguez