ALEJANDRO SANZ

“El Cavallino nos dejó el corazón partío”

Alejandro Sanz y Toñejo Rodríguez
Alejandro Sanz ha hablado con nosotros sobre el nuevo Ferrari Luce, el coche eléctrico que ha lanzado el fabricante italiano cuyo anuncio les ha hundido un 7% en bolsa

Recibo un mensaje de Alejandro Sanz, ese amigo con el que charlas de todo, de lo importante y de lo cotidiano. Y de repente, en medio de esa naturalidad, como si fueran dos chicos hablando con la misma ilusión o la misma decepción, me dice: “¿Has visto esto?”.

Y lo que me está señalando es el nuevo Ferrari.

Alejandro Sanz no es solo una de las voces más importantes de la música. Es un artista que hace cosas diferentes, capaz de emocionar a millones de personas, de construir canciones que unen a multitudes, de hacer que la gente cante al unísono y que miles de voces suenen como una sola. Un creador que ha enamorado a generaciones con su manera de transformar la emoción en música, en algo que atraviesa fronteras y conecta directamente con el alma.

Además, es una persona que siente una conexión real con el mundo del motor. Le gustan los coches, entiende de ellos, los valora desde la pasión y no desde la superficie. Es alguien que cuida con mimo sus coches clásicos, que los conserva y los respeta, y de eso doy fe. No habla desde la teoría, sino desde la afición auténtica.

Desde esa sensibilidad me transmite su impresión. Me habla del coche, del diseño, del color. Le sorprende ese “azul”, le choca. Y al ver el conjunto no lo suaviza: lo expresa con total honestidad, sin filtros. Dice que el modelo le parece frío, extraño, sin carácter. “Es como un utilitario europeo del centro de Europa”, comenta, como una impresión inmediata.

Y finalmente lo resume de forma rotunda: “El coche es horrible.”

Ese mensaje abre una conversación mucho más profunda.

Porque cuando una primera impresión es tan clara, ya no hablamos solo de diseño, sino de identidad.

Yo he sido fanático de Ferrari toda mi vida. Desde niño. Y he tenido la suerte de vivirlo de cerca, de conducirlo, de sentirlo. Recuerdo perfectamente aquellas noches con mi amigo Luis, saliendo por los alrededores de Madrid, rumbo a los puertos, sin prisa por volver, solo por el placer de escuchar cómo un motor puede convertir la carretera en música. Ferrari no era un coche: era una experiencia.

Por eso, cuando hoy veo este nuevo Ferrari eléctrico, algo cambia.

No hablo de cifras. No me impresionan tanto los 1.050 caballos ni la aceleración de 0 a 100 en dos segundos y medio. Eso hoy ya no es exclusivo. Es tecnología, es competencia global.

Pero Ferrari nunca fue solo ingeniería.

Ferrari era emoción antes que explicación. Era sonido antes que dato. Presencia antes que ficha técnica. Deseo antes que rendimiento.

Ahora muchos miran este nuevo modelo y no ven un sueño, sino una máquina perfecta, sí, pero distante. Correcta, avanzada… pero sin esa chispa que hacía imposible confundirlo con cualquier otra cosa.

En paralelo aparece otra voz importante en este debate, la de Luca Cordero di Montezemolo, que ha expresado su preocupación por el riesgo de “destruir un mito” en esta nueva etapa de Ferrari, y el dolor que le produce ver cómo la marca puede perder parte de su esencia.

Entre sus declaraciones más comentadas, ha llegado a señalar con ironía que este tipo de coche es “al menos un Ferrari que los chinos no copiarán”.

Más allá de las palabras exactas, lo que queda es la idea: la sensación de que algo muy profundo está cambiando.

Y eso es lo que muchos sienten: no es la electricidad en sí, sino lo que se pierde por el camino cuando una leyenda cambia de lenguaje.

Porque el cavallino rampante no es solo un símbolo. Es una promesa: la promesa de que la belleza, la emoción y el carácter importan tanto como la velocidad.

Y cuando esa promesa se pone a prueba, no importa cuántos caballos tenga el motor.

Importa lo que te hace sentir al mirarlo por primera vez.

Y quizá, si el cavallino rampante tuviera vida, lo haría también: bajaría la cabeza.

Quizá el futuro sea inevitable. Quizá la electricidad lo cambie todo. Pero la verdadera cuestión no es técnica.

Es emocional.

¿Puede un Ferrari seguir siendo Ferrari si, incluso antes de arrancarlo, ya no te enamora?

“Este Ferrari me dejó el corazón partió”

LUIKE/EL CIRCUITO
Toñejo Rodríguez