Miami: un Rolls-Royce, un bate y una pregunta: ¿qué nos está pasando?
Hay noticias que, más que sorprenderme, me entristecen. Y esta es una de ellas.
Ha ocurrido en Brickell, uno de los barrios más modernos, exclusivos y concurridos de Miami. Una zona llena de restaurantes, oficinas, hoteles, terrazas y miles de personas que cada día caminan por sus calles. Un lugar donde uno espera ver el mejor escaparate de una ciudad… y, sin embargo, a veces también aparece su peor cara.
La escena parece sacada de una película. Un propietario aparca su Rolls-Royce Cullinan. Al volver encuentra un Volkswagen estacionado muy cerca de su coche. No lo había golpeado. No había daños visibles. Simplemente estaba demasiado pegado.
Lo que ocurrió después resulta difícil de comprender.
El dueño del Rolls-Royce perdió completamente el control. Abrió su vehículo, sacó un bate de béisbol y comenzó a golpear con violencia el Volkswagen. Rompió el cristal delantero y descargó toda su rabia delante de algunas personas que no podían creer lo que estaban viendo.
Y yo me hago una pregunta.
¿Qué nos está pasando?
¿De verdad hemos llegado a un punto en el que una mala maniobra de aparcamiento, por molesta que sea, justifica semejante estallido de violencia?
Entiendo perfectamente que quien tiene un coche de cientos de miles de dólares quiera protegerlo. Yo también soy un apasionado del automóvil y sé lo que cuesta cuidar un vehículo. Pero una cosa es enfadarse y otra muy distinta perder la cabeza hasta el punto de convertir un bate en la respuesta a un problema que podía solucionarse hablando o llamando a la policía.
Lo verdaderamente preocupante no es el coche. Lo preocupante es que cada vez vemos a más personas incapaces de controlar sus impulsos. Vivimos en una sociedad donde muchos reaccionan antes de pensar, donde la frustración dura segundos y la violencia aparece demasiado deprisa.
Hoy ha sido un coche.
Mañana podría ser una persona.
Y eso es lo que realmente debería preocuparnos.
Como corresponsal en Estados Unidos llevo años contando historias relacionadas con el mundo del motor. He visto carreras ilegales, conductores temerarios, persecuciones policiales y situaciones difíciles de explicar. Pero lo que más me preocupa no son los coches. Son las personas que los conducen.
Porque un Rolls-Royce no convierte a nadie en mejor persona. Igual que un Volkswagen no hace a nadie menos importante.
La educación, el respeto y la capacidad de controlar el carácter no se compran en un concesionario de lujo.
Se aprenden.
Y, por desgracia, cada vez da la sensación de que hay más gente que conduce coches extraordinarios mientras pierde algo mucho más valioso: el sentido común.
LUIKE/EL CIRCUITO
Toñejo Rodriguez