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Pere Navarro reconoce que "podría haber hecho mejor" lo de la baliza V16 y cree que aún no has entendido lo "guay" que es

Pere Navarro jugando con el merchandising de la Guardia Civil. Foto generada por IA.

La baliza V16 nació con una misión muy concreta: sacar al conductor de la ecuación de riesgo en una avería o un incidente en carretera. La idea era sencilla y potente a la vez: sustituir los viejos triángulos por una señal luminosa conectada que permitiera avisar sin tener que bajar del coche. Pero cuatro meses después de su entrada en vigor obligatoria, la medida sigue levantando dudas, críticas y sanciones. Y ahora ha sido la propia DGT la que ha abierto una grieta en su defensa cerrada del sistema. Su director, Pere Navarro, ha reconocido que la implantación “se podía haber hecho mejor”, especialmente en la forma de explicarla a los conductores, aunque al mismo tiempo insiste en que el balance de fondo sigue siendo favorable al dispositivo.

La frase que resume el momento de la baliza V16

La admisión de Pere Navarro no es menor porque llega en un momento delicado para la percepción pública de la V16. La baliza es obligatoria en España desde el 1 de enero de 2026 como único medio legal para preseñalizar un vehículo inmovilizado en la calzada, sustituyendo definitivamente a los triángulos. Ese cambio se presentó como un salto claro en seguridad vial, pero su aterrizaje en la calle ha sido bastante más ruidoso de lo que seguramente esperaba Tráfico.

Cuando Navarro afirma que “se podía haber hecho mejor”, el foco no está tanto en el concepto del dispositivo como en la gestión de su implantación. El propio director de la DGT ha defendido la filosofía de la medida, pero al mismo tiempo ha dejado entrever que la información trasladada a la ciudadanía no fue todo lo clara, contundente o pedagógica que debía. Y eso, en una norma que afecta a millones de conductores, termina pasando factura.

La DGT no se mueve: cree que la baliza sigue siendo mejor que el triángulo

Pese a esa autocrítica parcial, la DGT no está dando un paso atrás. Muy al contrario. Navarro ha defendido con claridad que la baliza tiene ventajas evidentes frente al sistema anterior. Su argumento central es que el triángulo no llevaba luz y, sobre todo, obligaba al conductor a salir del vehículo, algo que multiplicaba el riesgo en vías rápidas o con poca visibilidad. La V16, en cambio, permite señalizar la incidencia sin exponerse físicamente en la carretera.

De hecho, su mensaje público ha sido contundente: “todo son ventajas”. La frase resume la posición oficial del organismo, que sigue considerando la baliza conectada como una mejora clara de seguridad vial, incluso aunque la conversación pública haya acabado girando en torno a sus limitaciones prácticas, su visibilidad diurna o el desconcierto de muchos usuarios con la normativa.

El problema no era solo la norma, sino cómo se explicó

Ahí está probablemente el corazón del asunto. La V16 no ha generado polémica únicamente por sus características técnicas, sino por la sensación de que muchos conductores no terminaron de entender del todo qué debían comprar, cómo debían usarla o por qué el cambio era tan importante. Ese déficit de comunicación también ha sido señalado por el sector fabricante, que denuncia la proliferación de bulos y reclama campañas de información más rigurosas.

Esa falta de claridad tiene consecuencias muy concretas. Cuando una norma entra en vigor y millones de usuarios aún dudan si su dispositivo es válido, cuándo deben encenderlo o qué ocurre si lo usan mal, el problema ya no es técnico: es de implantación. Y eso es precisamente lo que ahora reconoce la DGT, aunque sin poner en cuestión la herramienta en sí.

Las primeras multas ya enseñan que la medida va en serio

Mientras sigue el debate, las sanciones ya han empezado a dibujar el lado más tangible de la nueva obligación. En Cataluña, los Mossos d’Esquadra han impuesto 123 multas en tres meses por no llevar o usar mal las balizas V16, una cifra que equivale a más de una al día. Son los primeros datos oficiales conocidos y sirven para medir hasta qué punto la transición normativa ya ha entrado en fase real de control.

La referencia económica tampoco es menor. No llevar la baliza puede suponer una sanción de 80 euros, y el uso incorrecto puede acabar elevando la cuantía cuando se suman otras infracciones asociadas. Eso convierte a la V16 en mucho más que un simple accesorio obligatorio: es ya una pieza central del nuevo protocolo de avería o inmovilización en carretera.

Millones de balizas vendidas, miles de activaciones… y todavía muchas dudas

Pese a la polémica, la expansión del dispositivo ha sido rapidísima. Según los datos difundidos en este contexto, en España ya habría entre 18 y 20 millones de balizas V16 en circulación, con más de 3.000 activaciones diarias. La cifra demuestra que la adopción ha sido masiva y que el cambio de hábito, al menos en términos de compra e instalación, se ha producido a gran velocidad.

Pero esa implantación cuantitativa no ha cerrado el debate cualitativo. Porque una cosa es que haya millones de balizas circulando y otra distinta que todos los conductores confíen de verdad en ellas, las usen correctamente o tengan claro qué hacer cuando el coche se detiene en plena vía. Ahí es donde la DGT reconoce que aún queda recorrido antes de poder hacer una valoración rigurosa. El propio Navarro ha admitido que todavía es pronto para sacar conclusiones definitivas.

La gran preocupación de Tráfico: muchos conductores siguen bajándose del coche

Hay un dato especialmente revelador dentro de todo este proceso. La DGT está estudiando por qué, pese a la nueva normativa, muchos conductores siguen bajándose del vehículo tras una avería o incidente. Es decir, el dispositivo ya está ahí, la norma también, pero el comportamiento real del usuario no siempre acompaña.

Eso abre una pregunta incómoda para Tráfico. ¿El problema es de costumbre, de desconfianza o de desconocimiento? Si la medida se diseñó precisamente para evitar que la persona salga del coche, pero el hábito persiste, entonces el reto no es solo normativo. Es también cultural y educativo. Y ahí vuelve a aparecer la misma idea: quizá el cambio era correcto, pero la manera de introducirlo no fue tan redonda como debía.

Una medida con lógica técnica, pero con un aterrizaje menos limpio de lo esperado

En el fondo, la historia de la baliza V16 resume muy bien uno de los grandes problemas de la seguridad vial moderna: una medida puede tener lógica técnica, incluso ser mejor sobre el papel, y aun así tropezar si su implantación genera ruido, dudas o resistencia. La DGT sigue creyendo que la baliza es una mejora. No ha cambiado de postura. Pero cuatro meses después ya ha tenido que admitir que había margen para hacerlo mejor.

Eso no significa que el sistema haya fracasado. Significa que el debate no está cerrado y que la verdadera prueba no será solo cuántas balizas se venden o cuántas multas se ponen, sino si dentro de unos meses los conductores habrán asumido por fin el dispositivo como una herramienta útil, intuitiva y realmente eficaz. Hasta entonces, la V16 seguirá siendo una de esas normas que, aunque ya están plenamente en vigor, todavía no han terminado de asentarse del todo en la cabeza del conductor español.