Lo tenemos todo… y aun así olvidamos mirar
Mis hermanos y yo nacimos en Guinea Ecuatorial.
Éramos pequeños y cada mañana, antes de ir al colegio, nuestra madre preparaba los bocadillos.
Pero había algo especial.
No hacía uno para cada hijo.
Hacía dos.
Uno para nosotros y otro para un compañero de clase.
Cada uno de nosotros llevaba un bocadillo extra en la mochila. Y cada día, al llegar al colegio, se lo dábamos a ese compañero que muchas veces no tenía nada para comer.
Éramos niños y no entendíamos realmente lo que aquello significaba. Para nosotros era algo normal. Algo natural. Algo que simplemente se hacía.
Recuerdo perfectamente que, cuando llegamos a Madrid, un día le pregunté a mi madre:
“¿Dónde está el bocadillo para mi compañero?”
Y ella me respondió con una serenidad que nunca olvidaré:
“Aquí no hace falta. Ya te darás cuenta con el tiempo.”
Y sí. Me di cuenta.
Me di cuenta de lo que hacían mis padres.
Me di cuenta del inmenso corazón que tenían.
Me di cuenta de que ayudar a los demás no es cuestión de tener mucho, sino de saber compartir incluso cuando uno tiene poco.
Con los años entendí que mi madre y mi padre nos estaban enseñando algo muchísimo más importante que cualquier lección de la escuela.
Nos enseñaban humanidad.
Nos enseñaban a mirar alrededor.
A no vivir solamente pensando en nosotros mismos.
A comprender que el hambre existe.
Que la pobreza existe.
Que hay niños que van al colegio con el estómago vacío.
Y que un gesto pequeño puede cambiarle el día, o incluso la vida, a otra persona.
Hoy vivimos en una sociedad donde muchas veces nos quejamos por cosas insignificantes.
Nos enfadamos porque internet va lento.
Porque hay tráfico.
Porque el móvil ya no es el último modelo.
Porque el café no estaba lo suficientemente caliente.
Mientras tanto, millones de personas en el mundo siguen luchando simplemente por sobrevivir.
Hay familias que caminan kilómetros para conseguir agua.
Niños que se acuestan sin cenar.
Personas que mueren sin haber visto nunca un médico.
Ancianos que viven solos.
Seres humanos atrapados en guerras, enfermedades y miserias que jamás eligieron.
Más de 700 millones de personas viven en pobreza extrema.
Más de mil millones viven con alguna discapacidad.
Millones padecen enfermedades mentales sin tratamiento.
Millones mueren de cáncer cada año.
Millones siguen sufriendo hambre en silencio.
Y muchas veces la única diferencia entre ellos y nosotros es la suerte.
La suerte de haber nacido en un lugar donde hay oportunidades.
Donde abrir un grifo significa tener agua limpia.
Donde podemos estudiar.
Donde podemos dormir sin miedo.
La vida no reparte igual para todos.
Y quizá por eso deberíamos vivir con más humildad, más empatía y más gratitud.
Porque nadie sabe las batallas que carga la persona que tiene delante.
A veces un gesto pequeño puede significar el mundo para alguien.
Un bocadillo.
Una conversación.
Una ayuda silenciosa.
Una mano tendida.
Un abrazo.
Y ahora, al mirar atrás, comprendo que el mayor regalo que nos dieron no fue material.
Fue enseñarnos a tener corazón.
Porque la verdadera riqueza no está en lo que uno guarda.
Está en lo que uno comparte.
LUIKE/EL MOTERO
Toñejo Rodriguez