Así es la flota de uso exclusivo de Pere Navarro: un diésel, un gasolina y un híbrido enchufable
La DGT vuelve a quedar en el centro de la polémica por los coches oficiales de uso exclusivo asignados a Pere Navarro. Según la información publicada estos días por varios medios, la flota vinculada al director general de Tráfico está formada por tres vehículos: un Renault Talisman diésel con distintivo C, un Alfa Romeo Stelvio gasolina también con etiqueta C y un Mitsubishi Eclipse Cross híbrido enchufable con distintivo Cero.
El problema no está solo en los modelos, sino en el contraste político y simbólico que generan. Navarro ha defendido en repetidas ocasiones una reducción muy fuerte del uso del coche en ciudad y ha llegado a afirmar que el objetivo final pasa por que al centro urbano no se vaya ni en eléctrico, ni en gasolina, ni en diésel, sino en transporte público, taxi o VTC. Ese marco es el que hace que la composición de su flota oficial resulte especialmente sensible.
Tres coches, pero solo uno enchufable
Los datos difundidos coinciden en el núcleo de la flota. El más veterano sería un Renault Talisman de motor diésel, matriculado en 2018 y con distintivo ambiental C. Junto a él aparece un Alfa Romeo Stelvio de gasolina, matriculado en 2021 y también con etiqueta C. El tercero es un Mitsubishi Eclipse Cross PHEV, igualmente de 2021, que sí dispone de distintivo Cero por su sistema híbrido enchufable.
Es decir, de los tres vehículos que se atribuyen al uso exclusivo del director de la DGT, dos siguen siendo de combustión convencional y solo uno responde al esquema electrificado que hoy se impulsa desde buena parte del discurso institucional sobre movilidad. Eso no convierte automáticamente la flota en una anomalía administrativa, pero sí la sitúa en una posición muy difícil de defender desde el punto de vista de la coherencia pública.
La contradicción no nace del coche, sino del mensaje
El debate no se entiende sin el contexto previo. La propia DGT ha admitido en una resolución oficial que Pere Navarro utiliza habitualmente vehículo oficial para desplazamientos por motivo de su cargo, incluidos traslados dentro de Madrid. Esa admisión salió a la luz en febrero, después de una solicitud de información, y se convirtió en un punto especialmente delicado porque coincidía con declaraciones del director general desaconsejando el uso del coche privado en el centro de las ciudades.
Ahí está la raíz del malestar. No se cuestiona solo qué coche usa la DGT, sino el hecho de que su máximo responsable defienda públicamente un horizonte de movilidad cada vez más restrictivo para el ciudadano mientras se desplaza con una flota que, en su mayor parte, sigue dependiendo de gasolina o diésel. La fricción entre mensaje y práctica es lo que ha convertido estos tres coches en un símbolo político mucho mayor que su simple ficha técnica.
Un diésel, un gasolina y un PHEV frente al discurso del fin de los fósiles
La composición de la flota también resulta llamativa por el momento en el que llega. Navarro ha defendido en distintas intervenciones que “el objetivo de todos es acabar con los combustibles fósiles”, una línea que encaja con la expansión de las Zonas de Bajas Emisiones y con el endurecimiento del discurso contra el coche tradicional en entornos urbanos. Sin embargo, la foto actual de sus vehículos oficiales muestra justamente lo contrario de una electrificación plena: un modelo diésel, otro gasolina y solo un enchufable.
Eso no significa que la DGT esté obligada legalmente a operar solo con eléctricos en esta flota concreta, pero sí deja una imagen poco cómoda en un momento en el que a millones de conductores se les pide adaptarse a etiquetas, restricciones, cambios normativos y una narrativa de transición acelerada. Cuando quien impulsa ese mensaje no se apoya de forma visible en una flota completamente alineada con él, la crítica se vuelve casi inevitable.
El precedente del Fiat 500 añade otra capa al debate
A la discusión sobre los coches oficiales se suma además otra frase que ha circulado mucho en las últimas semanas. En una entrevista publicada en febrero, Pere Navarro reconoció que su coche preferido para ciudad era un Fiat 500, una declaración que varios medios rescataron al conocerse la composición de su flota oficial. Esa referencia no cambia el fondo del asunto, pero sí añade una nueva capa de contraste entre su imagen pública, sus preferencias declaradas y los vehículos que realmente están a su disposición como director de la DGT.
La cuestión no es si el Fiat 500 es más o menos adecuado para moverse en entornos urbanos, sino que el debate ya no gira solo sobre teoría de movilidad, sino sobre símbolos. Y en política del tráfico, los símbolos pesan mucho. Un diésel oficial puede ser perfectamente funcional, pero resulta mucho más difícil de explicar cuando quien lo tiene al servicio defiende una transformación radical del parque móvil español.
Más que una cuestión mecánica, una cuestión de credibilidad
En el fondo, la polémica no va realmente de si el Renault Talisman, el Stelvio o el Eclipse Cross son mejores o peores coches. Va de credibilidad institucional. La DGT lleva años intensificando su presión regulatoria sobre el automóvil, tanto a través de etiquetas ambientales como mediante restricciones de acceso urbano, mensajes de reducción del uso del coche y una creciente legitimación del transporte colectivo como solución dominante en ciudad. En ese escenario, cualquier incoherencia visible se convierte en un problema amplificado.
Por eso estos tres coches han provocado tanto ruido. No porque sean extraordinarios, sino porque son ordinarios en un momento en que el discurso oficial ya no es ordinario. La DGT pide un horizonte de movilidad más duro para el ciudadano medio, pero la foto de la flota de su director sigue anclada, en gran medida, en el coche de combustión que precisamente se quiere arrinconar. Y esa imagen, en términos de opinión pública, pesa bastante más que cualquier argumento técnico.